Rojo dulce

Retratar: diluir la mente.

El cansancio se apropia de la situación.

La dualidad, el contraste.

Es hermoso dudar, sentir que falta el aire de vez en cuando; incomodidad.

Exploración de la forma; sensibilidad.

El vínculo más cercano a las raíces más profundas; inspiración.

Prosa escondida en las alturas, sos tan transparente como una idea divagando.

Respira y sigue el viento, fuego de montaña.

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May, 19′

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Lluvia, te llevas

lo que hemos dejado

sobre la mesa.

El mar nos canta

a cualquier hora;

le sonreímos.

Árbol solitario,

observas en lo alto,

catas el viento.

Aroma, viento.

Pulso, palma; pinto.

¿sueño o vida?

Sueños, los veo.

Inspiran estos pasos,

por ustedes soy.

Olinka Musgo

Confort #10

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Hermosos flashbacks

He estado recolectando luces por todos lados.

A veces tiene sentido,

cuando no lo tiene, me pongo el traje de buceo; cierro los ojos.

Inmersión mental, recolección de piedras para alimentar el espíritu.

Reflejo verde,

vibra entre mis manos

mi propio rostro.

Millennial

Domingo por la mañana frente a la barra de café.

El ipad sobre la mesa, Tarkovsky en .pdf, notas en screenshot.

Un discreto bullicio dentro de la cafetería,

sólo percibido desde el interior.

El vapor de la máquina de café empañando los lentes de la cajera.

Dos parejas a mi lado; avocado toast, zapatos deportivos, smartphones,

música retro alternativa francesa navegando desde Spotify.

 

Sé que esta época es oro.

Ese inquieto rasgueo de guitarra ha marcado el tiempo.

Sé que nos dejamos absorber a (largos) momentos por las pantallas,

googleamos nuestras dudas, a veces nos tomamos demasiadas selfies.

Nos conmueven las injusticias,

hemos aprendido a manifestarnos en un número restringido de caracteres.

 

La tecnología rebasó las expectativas,

nos arropó con su luminiscencia y se convirtió en hogar

de las más grandes congregaciones humanas,

nos damos abrazos virtuales.

 

Sé que esta época es oro.

(emoji de corazón)

 

 

 

 

 

 

 

Siluetas nocturnas: ciudades

Vancouver, 2012

Tal vez ser citadina de nacimiento deshizo la oportunidad durante mi más fresca juventud de que yo sintiese añoranza por lugares sobrepoblados y luminiscentes al anochecer. De cualquier manera la fascinación me encontró antes de que el tiempo me concediera la segunda década de vida; me dejé llevar livianamente.

Me tomó algunos años encontrar esa magia en la urbanización, una de esas dosis de encanto es la experiencia del paisaje bajo los pies; escalar edificios para encontrarse con incontables lucecitas al anochecer, mirar los autos pasar; darle cuerda a la imaginación y figurarse las historias de todos esos personajes ficticios, darle vida a las sombras rutinarias detrás de las cortinas de los apartamentos, imaginarme a mí misma como la protagonista, supongo encuentro el mismo confort inspirador que invade a algunos actores durante sus travesías interpretativas.

En mi caso, admirar la ciudad nocturna desde el último piso de algún edificio, preferentemente tras la última función cinematográfica, resurgiendo tras sumergirme en fotogramas rodeada de oscuridad, caminar al estacionamiento, entrar al auto, encender el audio, reproducir la canción más inspiradora del momento, la que me pide que la repita una y otra vez, conducir por esas avenidas casi vacías hasta llegar a casa, hundirse en el objeto suave, cálido, regocijante predilecto; mi sofá.

Vancouver, 2012

Siempre hay oportunidad para el paseo en bicicleta, dejar volar el cabello — y los pensamientos— al viento; que en ciudades como la mía se vuelve un deporte extremo que de cualquier manera termina disfrutándose por ser una experiencia en la que llega a valorarse la vida misma al regresar sano a casa.

CDMX, 2014

Gracias a la multitud de sonidos citadinos, aprendí a valorar los momentos de silencio en mi refugio urbano. Salir en busca de sitios inspiradores, generalmente con aroma a café puede volverse un buen pasatiempo si se lleva una libreta de ideas, un libro o una cámara en mano.

A las ciudades de mi vida les debo enormes inspiraciones, enseñanzas entrañables, interacciones fascinantes y el más grande agradecimiento a su territorio que me ha brindado hogar la mayor parte de mi vida.

Santiago de Chile, 2013.

Rituales del café

North Fields, Costa Rica.

Rastreo en mi memoria las primeras memorias del café, la más lejana me transporta al restaurante chino al que solía ir con mi familia cuando era pequeña, aquel lugar que servía majestuosos cafés con leche. Para generar espuma en la bebida la mesera elevaba con gran habilidad la jarra de leche casi hirviendo sobre la taza del comensal sin derramar una gota, casi como un ritual que esperábamos todos los presentes en la mesa. Aunque yo disfruto del café solo, probablemente si me encontrase de nuevo en ese restaurante, pediría la versión “lechera” solo por el gusto de presenciar nuevamente el acto tan placentero.

Tengo la impresión de que el café es minimalista, seduciendo con simplicidad como su profunda negrura, especulando que si fuese una persona sería silenciosa, inteligente y cautelosa.

Cualquier interpretación se queda corta cuando hablamos de la magnitud simbólica de un ingrediente tan solicitado en la actualidad, cuando incluso se utiliza como medio para adivinar el destino de quien lo bebe, la “Cafeomancia” develando los secretos de la vida a través del café, no constata mas que el gran tributo al brebaje cimentando todo un legado cultural y gastronómico.

North Fields, Costa Rica

Es innegable que estamos en una época donde el fruto se utiliza a una escala monumental, produciendo cada minuto litros y litros de café servidos en vasos de cartón por las cadenas propagadas alrededor del mundo, tratando de replicar la cantidad exacta de producto en cada orden, ofreciendo wifi gratis, tratando de estandarizar cada vez más esa taza buscando mayores ganancias, la productividad laboral potenciada por la cafeína se ha vuelto cómplice también.

Y justamente así, siguiendo el hilo de las raíces del café, nos encontramos en Costa Rica, donde se prepara un café lento pero solemne, engendrado en una región lluviosa, molido con ayuda de una mano y filtrado en tela, es ahí donde se renuevan las ganas de devolverle al café el nicho merecido, dar las gracias por la inspiración que ha brindado a tantos genios que se deleitaron con su hipnosis para más tarde mostrarnos en sus obras el reflejo del encanto del café.

Un elogio a mis sombras

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Despierto en San José, Costa Rica. Tras la primera semana en el país percibo el lúcido, encantador y húmedo aroma alrededor mío, ha llovido durante la noche; inmediatamente me siento en casa, en mi ciudad natal, distanciada por 6 fronteras políticas.

He pasado los últimos días entre el verdor de las montañas donde se entretejen los cultivos de café, cacao y bananas, una combinación que consigue tocar las profundas raíces tropicales acarreadas en mis genes, deleitando mis sentidos sin igual.

He tenido un compañero, “El elogio de la sombra”, que más que recordarme que la sombra y oscuridad son exponentes dignos de belleza, cautelosamente me ha hecho indagar en su autor, el japonés Junichiro Tanizaki (1886-1965) descubriendo así que su hogar fue destruido por un terremoto, es entonces cuando se desvela el vinculo: la humedad, los cataclismos, la sombra, el hogar.

Junichiro y yo tenemos algo en común, esta coincidencia se ha revelado al terminar de leer el libro, al tomarme un momento para inhalar.

Es el año 2017, me encuentro caminando entre los senderos de la Universidad, los altos edificios y árboles ofrecen una barrera contra el sonido de la gran avenida que queda a unos pasos, siempre me queda la impresión de entrar a otro mundo.

Ha llovido, el olor a humedad se expande sutilmente entre las plantas hasta las grietas del piso, el viento es placenteramente frío. Camino hacia la cafetería, ordeno un café, me hundo en el sillón más cómodo y me dejo abrazar, sosiego mis músculos ante la luz tenue y cálida, me arrulla la sensación de confort. Me pongo a pensar en todos los días que he pasado aquí, lo que he cambiado desde que conocí esta segunda casa, ¿la podría llamar segunda casa?, no lo sé, pero extrañaré este lugar, lo siento desde ya, sé que algún día regresaré con nostalgia, pensaré en los cambios realizados desde la última vez que estuve aquí, y encontraré en mí misma esa mirada que he visto en los más viejos cuando me narran sus historias recordando el pasado, siempre dramatizando un poco.

Sin embargo sé que ese lugar ya ha cambiado bastante en tan sólo un año, todos supimos la fecha exacta, fue noticia a nivel nacional; un terremoto en la Ciudad de México desmoronó parte de aquel lugar al que me gustaría llamar “pequeño bosque de letras”, el acontecimiento dejó pérdidas irremediables en la vida de varias familias, en cuanto a lo estructural, los puentes que solían conectar los edificios colapsaron totalmente, consecuentemente el lugar tuvo que ser derribado por completo, siendo yo testigo de ello ante la casualidad de transitar justo enfrente en mi último día en la Ciudad de México.

Tal vez esté de más decir que tal acontecimiento ofreció un nuevo objetivo para mis pesadillas, las cuales pasaron de ser prácticamente nulas a ser algo bastante frecuente; alimentadas de ansiedad, habitualmente con edificios desmoronándose, agua filtrada en grandes almacenes, catástrofes naturales en general inundaban vida onírica.

Entonces abrí los ojos, inhale de nuevo, el aroma húmedo volvía, me sentí en casa, recordé el elogio a la sombra.

“Gracias”, pensé. Y recordé que Junichiro se deleitaba con los detalles que han sido hechos para verse en la tenue oscuridad, y que cuando todo es brillo llegan a perderse fragmentos que cautivan los demás sentidos.

Recordé los kilómetros que han pasado entre los sucesos, pensé en las sombras y luces que habrá mientras siga aquí; me sentí afortunada.

El color de Guatemala

 

 

Siempre he sentido una extraña familiaridad por Guatemala, fue uno de los primeros nombres de países que se me quedó grabado en la mente.

Después de pasar por Belice, honestamente un tanto decepcionada por la impresión de tristeza y resignación que me dejaron sus habitantes, seguimos nuestra ruta hacia Guatemala, estando ahí sentí que regresaba a México, al ver las pequeñas comunidades, la gente viajando en la parte trasera de las camionetas, atravesando terracerías como parte de su rutina, lo que me pone a pensar sobre las enormes ventajas de las que algunos gozamos y que tan rápido dejan de ser visibles al acostumbrarse a ellas, algunas que incluso jamás llegamos a distinguir, y de repente los colores brillantes desplazan mi pensamiento; la gente que vuelve a ser sonriente a pesar de las dificultades de su territorio, por que así se acostumbraron y por que no queda más remedio.

Pasamos algunos días en Antigua Guatemala, que tiene la esencia de los pueblos mágicos que tanto me gusta, que me emociona al ver la mezcla del tiempo en su arquitectura, de su historia, que sigue arrastrando los murmullos de quienes dejaron sus pasos por las calles empedradas.

Cerca de Antigua visitamos el Cementerio de Chichicastenango, que yo pretendía buscar , pero que por casualidad apareció a sólo unas cuadras del tianguis del pueblo con mismo nombre, lo más curioso es que nos suele sorprender que este cementerio sea tan colorido, cuando por supuesto no se puede esperar más cuando se lleva una vida rodeado de tantos matices.

 

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Raíces y enredaderas

Soy  hogar de enredaderas, pensamientos que florecen ante el mínimo rastro de humedad.

 

En esta casa que soy yo, mis ventanas transforman suave y mágicamente la luz en alimento para mi jardín, actuando como portales traductores del lenguaje del sol.
Antes, cuando una hoja se desviaba del camino deseado, trataba de enderezarla, haciéndola seguir el camino ya conocido, pero las más obstinadas a romper las reglas fueron encontrado nuevas fuentes de alimento y así fue como me enseñaron a hacer camino.
El  más profundo interior, la parte más sabia de la casa, dijo:

—Deja que tus hojas crezcan, se expandan, busquen su camino y den vida a nuevas rutas y paisajes; nutre las raíces y nunca olvides dónde están.
Sobre los muros, sólo dos cosas a mencionar; sirven de barrera al igual que de soporte.

Navegar en las letras de otros

Hay mundos a los que sólo se adentra a través de las letras,
toco la puerta de cada libro buscando sabiduría,
buscando consuelo de los pasos que parecen en vano.

Recuérdame que el trayecto es lo único que tengo.
Sigo aquí, guiándome por el instinto primitivo que controla esos impulsos que me esfuerzo por domar,
enséñame los mundos de otros,
los mundos que dejaron escritos los que ya no están.

Recuérdame que me diluyo con cada instante que pasa,
que soy capaz de sentir aún en la neutra oscuridad,
y que la luz también llega a ser cegadora.

Cuéntame en las voces de otros,
en las palabras de mi universo,
Disuélveme en los ríos del tiempo,
en el caminar de mi memoria.