
Nunca escuché demasiado sobre Chile, no antes de estar ahí y probablemente después de ello, la mayoría ha salido de mi propia boca.
Para mí era un nombre más entre la larga lista de países de los que llegan pocas noticias.
Tomé un vuelo sin esperar demasiado, tomar algunos cursos de la universidad en poco más de un mes sonaba atractivo de cualquier manera.
Llegué sin equipaje, perdido entre la multitud de valijas que las aerolíneas pierden de vez en cuando, casi como un signo que anunciaba la ganancia tras la pérdida.
En ese entonces sólo había viajado fuera de México dos veces, lo que fue suficiente para darme un poco de experiencia en el arte de no cargar demasiado, aunque aún insuficiente para darme el don de la paciencia.
Durante mi estancia en Chile entendí que podía sobrevivir con menos pertenencias de las que jamás había pensado, que la posibilidad de existir felizmente con lo que cabe dentro de una maleta era real.
Sólo fue cuestión de tiempo para que ese ticket de avión atrajera otros más, los siguientes fueron los que me dijeron el valor de por primera vez dejar que mis pies me llevasen a dónde les diera la gana, y por ese entonces mis pies, todavía novatos en las distancias largas, se volvieron un tanto masoquistas.
Con un libro en la mano, comía helado en el parque; aquel libro al que con trabajo le seguía el hilo, pero que de cualquier forma me gustaba llevar a todos lados.
Cuando un perro callejero se echó al lado mío mientras se tejía la escena anterior, fui de lo más feliz, yo le leí algunos párrafos que él escuchó con atención —o al menos eso fue lo que quise pensar—probablemente sin diferenciarlos claramente de entre todas las palabras que le han sido pronunciadas a lo largo de su vida.
Me levanté al terminar la lectura, nos lanzamos mutuamente una mirada cómplice que marcaba nuestra despedida. Tal vez suene fantasioso pero me daba la impresión de que él era conocedor de trucos y secretos que yo todavía ignoraba, lo tomé como una bienvenida al universo de los andantes.

Olinka Musgo
