Un elogio a mis sombras

costa6

Despierto en San José, Costa Rica. Tras la primera semana en el país percibo el lúcido, encantador y húmedo aroma alrededor mío, ha llovido durante la noche; inmediatamente me siento en casa, en mi ciudad natal, distanciada por 6 fronteras políticas.

He pasado los últimos días entre el verdor de las montañas donde se entretejen los cultivos de café, cacao y bananas, una combinación que consigue tocar las profundas raíces tropicales acarreadas en mis genes, deleitando mis sentidos sin igual.

He tenido un compañero, “El elogio de la sombra”, que más que recordarme que la sombra y oscuridad son exponentes dignos de belleza, cautelosamente me ha hecho indagar en su autor, el japonés Junichiro Tanizaki (1886-1965) descubriendo así que su hogar fue destruido por un terremoto, es entonces cuando se desvela el vinculo: la humedad, los cataclismos, la sombra, el hogar.

Junichiro y yo tenemos algo en común, esta coincidencia se ha revelado al terminar de leer el libro, al tomarme un momento para inhalar.

Es el año 2017, me encuentro caminando entre los senderos de la Universidad, los altos edificios y árboles ofrecen una barrera contra el sonido de la gran avenida que queda a unos pasos, siempre me queda la impresión de entrar a otro mundo.

Ha llovido, el olor a humedad se expande sutilmente entre las plantas hasta las grietas del piso, el viento es placenteramente frío. Camino hacia la cafetería, ordeno un café, me hundo en el sillón más cómodo y me dejo abrazar, sosiego mis músculos ante la luz tenue y cálida, me arrulla la sensación de confort. Me pongo a pensar en todos los días que he pasado aquí, lo que he cambiado desde que conocí esta segunda casa, ¿la podría llamar segunda casa?, no lo sé, pero extrañaré este lugar, lo siento desde ya, sé que algún día regresaré con nostalgia, pensaré en los cambios realizados desde la última vez que estuve aquí, y encontraré en mí misma esa mirada que he visto en los más viejos cuando me narran sus historias recordando el pasado, siempre dramatizando un poco.

Sin embargo sé que ese lugar ya ha cambiado bastante en tan sólo un año, todos supimos la fecha exacta, fue noticia a nivel nacional; un terremoto en la Ciudad de México desmoronó parte de aquel lugar al que me gustaría llamar “pequeño bosque de letras”, el acontecimiento dejó pérdidas irremediables en la vida de varias familias, en cuanto a lo estructural, los puentes que solían conectar los edificios colapsaron totalmente, consecuentemente el lugar tuvo que ser derribado por completo, siendo yo testigo de ello ante la casualidad de transitar justo enfrente en mi último día en la Ciudad de México.

Tal vez esté de más decir que tal acontecimiento ofreció un nuevo objetivo para mis pesadillas, las cuales pasaron de ser prácticamente nulas a ser algo bastante frecuente; alimentadas de ansiedad, habitualmente con edificios desmoronándose, agua filtrada en grandes almacenes, catástrofes naturales en general inundaban vida onírica.

Entonces abrí los ojos, inhale de nuevo, el aroma húmedo volvía, me sentí en casa, recordé el elogio a la sombra.

“Gracias”, pensé. Y recordé que Junichiro se deleitaba con los detalles que han sido hechos para verse en la tenue oscuridad, y que cuando todo es brillo llegan a perderse fragmentos que cautivan los demás sentidos.

Recordé los kilómetros que han pasado entre los sucesos, pensé en las sombras y luces que habrá mientras siga aquí; me sentí afortunada.