Siluetas nocturnas: ciudades

Vancouver, 2012

Tal vez ser citadina de nacimiento deshizo la oportunidad durante mi más fresca juventud de que yo sintiese añoranza por lugares sobrepoblados y luminiscentes al anochecer. De cualquier manera la fascinación me encontró antes de que el tiempo me concediera la segunda década de vida; me dejé llevar livianamente.

Me tomó algunos años encontrar esa magia en la urbanización, una de esas dosis de encanto es la experiencia del paisaje bajo los pies; escalar edificios para encontrarse con incontables lucecitas al anochecer, mirar los autos pasar; darle cuerda a la imaginación y figurarse las historias de todos esos personajes ficticios, darle vida a las sombras rutinarias detrás de las cortinas de los apartamentos, imaginarme a mí misma como la protagonista, supongo encuentro el mismo confort inspirador que invade a algunos actores durante sus travesías interpretativas.

En mi caso, admirar la ciudad nocturna desde el último piso de algún edificio, preferentemente tras la última función cinematográfica, resurgiendo tras sumergirme en fotogramas rodeada de oscuridad, caminar al estacionamiento, entrar al auto, encender el audio, reproducir la canción más inspiradora del momento, la que me pide que la repita una y otra vez, conducir por esas avenidas casi vacías hasta llegar a casa, hundirse en el objeto suave, cálido, regocijante predilecto; mi sofá.

Vancouver, 2012

Siempre hay oportunidad para el paseo en bicicleta, dejar volar el cabello — y los pensamientos— al viento; que en ciudades como la mía se vuelve un deporte extremo que de cualquier manera termina disfrutándose por ser una experiencia en la que llega a valorarse la vida misma al regresar sano a casa.

CDMX, 2014

Gracias a la multitud de sonidos citadinos, aprendí a valorar los momentos de silencio en mi refugio urbano. Salir en busca de sitios inspiradores, generalmente con aroma a café puede volverse un buen pasatiempo si se lleva una libreta de ideas, un libro o una cámara en mano.

A las ciudades de mi vida les debo enormes inspiraciones, enseñanzas entrañables, interacciones fascinantes y el más grande agradecimiento a su territorio que me ha brindado hogar la mayor parte de mi vida.

Santiago de Chile, 2013.

Un elogio a mis sombras

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Despierto en San José, Costa Rica. Tras la primera semana en el país percibo el lúcido, encantador y húmedo aroma alrededor mío, ha llovido durante la noche; inmediatamente me siento en casa, en mi ciudad natal, distanciada por 6 fronteras políticas.

He pasado los últimos días entre el verdor de las montañas donde se entretejen los cultivos de café, cacao y bananas, una combinación que consigue tocar las profundas raíces tropicales acarreadas en mis genes, deleitando mis sentidos sin igual.

He tenido un compañero, “El elogio de la sombra”, que más que recordarme que la sombra y oscuridad son exponentes dignos de belleza, cautelosamente me ha hecho indagar en su autor, el japonés Junichiro Tanizaki (1886-1965) descubriendo así que su hogar fue destruido por un terremoto, es entonces cuando se desvela el vinculo: la humedad, los cataclismos, la sombra, el hogar.

Junichiro y yo tenemos algo en común, esta coincidencia se ha revelado al terminar de leer el libro, al tomarme un momento para inhalar.

Es el año 2017, me encuentro caminando entre los senderos de la Universidad, los altos edificios y árboles ofrecen una barrera contra el sonido de la gran avenida que queda a unos pasos, siempre me queda la impresión de entrar a otro mundo.

Ha llovido, el olor a humedad se expande sutilmente entre las plantas hasta las grietas del piso, el viento es placenteramente frío. Camino hacia la cafetería, ordeno un café, me hundo en el sillón más cómodo y me dejo abrazar, sosiego mis músculos ante la luz tenue y cálida, me arrulla la sensación de confort. Me pongo a pensar en todos los días que he pasado aquí, lo que he cambiado desde que conocí esta segunda casa, ¿la podría llamar segunda casa?, no lo sé, pero extrañaré este lugar, lo siento desde ya, sé que algún día regresaré con nostalgia, pensaré en los cambios realizados desde la última vez que estuve aquí, y encontraré en mí misma esa mirada que he visto en los más viejos cuando me narran sus historias recordando el pasado, siempre dramatizando un poco.

Sin embargo sé que ese lugar ya ha cambiado bastante en tan sólo un año, todos supimos la fecha exacta, fue noticia a nivel nacional; un terremoto en la Ciudad de México desmoronó parte de aquel lugar al que me gustaría llamar “pequeño bosque de letras”, el acontecimiento dejó pérdidas irremediables en la vida de varias familias, en cuanto a lo estructural, los puentes que solían conectar los edificios colapsaron totalmente, consecuentemente el lugar tuvo que ser derribado por completo, siendo yo testigo de ello ante la casualidad de transitar justo enfrente en mi último día en la Ciudad de México.

Tal vez esté de más decir que tal acontecimiento ofreció un nuevo objetivo para mis pesadillas, las cuales pasaron de ser prácticamente nulas a ser algo bastante frecuente; alimentadas de ansiedad, habitualmente con edificios desmoronándose, agua filtrada en grandes almacenes, catástrofes naturales en general inundaban vida onírica.

Entonces abrí los ojos, inhale de nuevo, el aroma húmedo volvía, me sentí en casa, recordé el elogio a la sombra.

“Gracias”, pensé. Y recordé que Junichiro se deleitaba con los detalles que han sido hechos para verse en la tenue oscuridad, y que cuando todo es brillo llegan a perderse fragmentos que cautivan los demás sentidos.

Recordé los kilómetros que han pasado entre los sucesos, pensé en las sombras y luces que habrá mientras siga aquí; me sentí afortunada.

Navegar en las letras de otros

Hay mundos a los que sólo se adentra a través de las letras,
toco la puerta de cada libro buscando sabiduría,
buscando consuelo de los pasos que parecen en vano.

Recuérdame que el trayecto es lo único que tengo.
Sigo aquí, guiándome por el instinto primitivo que controla esos impulsos que me esfuerzo por domar,
enséñame los mundos de otros,
los mundos que dejaron escritos los que ya no están.

Recuérdame que me diluyo con cada instante que pasa,
que soy capaz de sentir aún en la neutra oscuridad,
y que la luz también llega a ser cegadora.

Cuéntame en las voces de otros,
en las palabras de mi universo,
Disuélveme en los ríos del tiempo,
en el caminar de mi memoria.

Caminar: Bélgica en invierno.

Fue tal vez en alguno de esos días en los que caminar se volvió sinónimo de encontrar inspiración, de ver la misma torre en diferentes perspectivas, de sentir que cada paso cuenta y que a su vez es un recordatorio del cronómetro en cuenta regresiva.

 

Cuando caminar se tradujo en puntos marcados en un mapa virtual, registrados en el dispositivo móvil que estuviera al alcance, los pies supieron que había más tierra que suelos, que tenían un don aún desconocido; acceso a caminos recónditos a donde los pedales no llegan, mucho menos los motores.

 

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Bruges, Bélgica.

Había más respuestas que aún no encontraban ni siquiera sus preguntas, porque a veces las respuestas se adelantan y se cruzan primero sin ser percibidas, y esas justamente son para mí las que tienen más encanto.

De encontrar las huellas abandonadas en el camino, de los que tuvieron que dejar más que la pesadez de un momento en un espacio que parecía necesitar compañía, yo me quedé con un fragmento de los pasos que quizás otros olvidaron.