Confort #10

Untitled_Artwork 31

Hermosos flashbacks

He estado recolectando luces por todos lados.

A veces tiene sentido,

cuando no lo tiene, me pongo el traje de buceo; cierro los ojos.

Inmersión mental, recolección de piedras para alimentar el espíritu.

Reflejo verde,

vibra entre mis manos

mi propio rostro.

Un elogio a mis sombras

costa6

Despierto en San José, Costa Rica. Tras la primera semana en el país percibo el lúcido, encantador y húmedo aroma alrededor mío, ha llovido durante la noche; inmediatamente me siento en casa, en mi ciudad natal, distanciada por 6 fronteras políticas.

He pasado los últimos días entre el verdor de las montañas donde se entretejen los cultivos de café, cacao y bananas, una combinación que consigue tocar las profundas raíces tropicales acarreadas en mis genes, deleitando mis sentidos sin igual.

He tenido un compañero, “El elogio de la sombra”, que más que recordarme que la sombra y oscuridad son exponentes dignos de belleza, cautelosamente me ha hecho indagar en su autor, el japonés Junichiro Tanizaki (1886-1965) descubriendo así que su hogar fue destruido por un terremoto, es entonces cuando se desvela el vinculo: la humedad, los cataclismos, la sombra, el hogar.

Junichiro y yo tenemos algo en común, esta coincidencia se ha revelado al terminar de leer el libro, al tomarme un momento para inhalar.

Es el año 2017, me encuentro caminando entre los senderos de la Universidad, los altos edificios y árboles ofrecen una barrera contra el sonido de la gran avenida que queda a unos pasos, siempre me queda la impresión de entrar a otro mundo.

Ha llovido, el olor a humedad se expande sutilmente entre las plantas hasta las grietas del piso, el viento es placenteramente frío. Camino hacia la cafetería, ordeno un café, me hundo en el sillón más cómodo y me dejo abrazar, sosiego mis músculos ante la luz tenue y cálida, me arrulla la sensación de confort. Me pongo a pensar en todos los días que he pasado aquí, lo que he cambiado desde que conocí esta segunda casa, ¿la podría llamar segunda casa?, no lo sé, pero extrañaré este lugar, lo siento desde ya, sé que algún día regresaré con nostalgia, pensaré en los cambios realizados desde la última vez que estuve aquí, y encontraré en mí misma esa mirada que he visto en los más viejos cuando me narran sus historias recordando el pasado, siempre dramatizando un poco.

Sin embargo sé que ese lugar ya ha cambiado bastante en tan sólo un año, todos supimos la fecha exacta, fue noticia a nivel nacional; un terremoto en la Ciudad de México desmoronó parte de aquel lugar al que me gustaría llamar “pequeño bosque de letras”, el acontecimiento dejó pérdidas irremediables en la vida de varias familias, en cuanto a lo estructural, los puentes que solían conectar los edificios colapsaron totalmente, consecuentemente el lugar tuvo que ser derribado por completo, siendo yo testigo de ello ante la casualidad de transitar justo enfrente en mi último día en la Ciudad de México.

Tal vez esté de más decir que tal acontecimiento ofreció un nuevo objetivo para mis pesadillas, las cuales pasaron de ser prácticamente nulas a ser algo bastante frecuente; alimentadas de ansiedad, habitualmente con edificios desmoronándose, agua filtrada en grandes almacenes, catástrofes naturales en general inundaban vida onírica.

Entonces abrí los ojos, inhale de nuevo, el aroma húmedo volvía, me sentí en casa, recordé el elogio a la sombra.

“Gracias”, pensé. Y recordé que Junichiro se deleitaba con los detalles que han sido hechos para verse en la tenue oscuridad, y que cuando todo es brillo llegan a perderse fragmentos que cautivan los demás sentidos.

Recordé los kilómetros que han pasado entre los sucesos, pensé en las sombras y luces que habrá mientras siga aquí; me sentí afortunada.

En cualquier parte

IMG_1957 copia
Magdalena, Jalisco.
Todavía estamos aprendiendo a llamarle a cualquier parte del mundo «casa», a dormir medio a la intemperie, intentando descifrar cuál es sentido de las calles.

 

Pensamos que caminamos en línea recta, encaminando un pie detrás del otro, y queriendo creer que vamos a perdernos un poquito, sólo lo necesario para encontrar una que otra aventura.
Nos basta la fugaz interacción con los mediadores del camino, unos minutos de plática sobre el tema que se cruce primero por la mente, tiende a ser ligero y dulce.

 

Llevamos a nuestras bocas los alimentos amasados bajo el canto de las señoras que despiertan antes del amanecer, las que olvidan sus penas entre el anafre y la compañía de la vecina.
Apresuramos el paso al sentir las sombras detrás de nosotros en las calles oscuras y los perros que encontramos de vez en cuando se llevan siempre nuestras miradas.
No hay paradas ante la incertidumbre, ¿es posible del todo detenerse? definitivamente es un lujo que el tiempo sigue sin darnos.
Olinka Musgo

La bienvenida al mundo de los andantes

IMG_848711
Valparaíso, Chile.
Nunca escuché demasiado sobre Chile, no antes de estar ahí y probablemente después de ello, la mayoría ha salido de mi propia boca.
Para mí era un nombre más entre la larga lista de países de los que llegan pocas noticias.
Tomé un vuelo sin esperar demasiado, tomar algunos cursos de la universidad en poco más de un mes sonaba atractivo de cualquier manera.
Llegué sin equipaje, perdido entre la multitud de valijas que las aerolíneas pierden de vez en cuando, casi como un signo que anunciaba la ganancia tras la pérdida.
En ese entonces sólo había viajado fuera de México dos veces, lo que fue suficiente para darme un poco de experiencia en el arte de no cargar demasiado, aunque aún insuficiente para darme el don de la paciencia.
Durante mi estancia en Chile entendí que podía sobrevivir con menos pertenencias de las que jamás había pensado, que la posibilidad de existir felizmente con lo que cabe dentro de una maleta era real.

 

Sólo fue cuestión de tiempo para que ese ticket de avión atrajera otros más, los siguientes fueron los que me dijeron el valor de por primera vez dejar que mis pies me llevasen a dónde les diera la gana, y por ese entonces mis pies, todavía novatos en las distancias largas, se volvieron un tanto masoquistas.
Con un libro en la mano, comía helado en el parque; aquel libro al que con trabajo le seguía el hilo, pero que de cualquier forma me gustaba llevar a todos lados.
Cuando un perro callejero se echó al lado mío mientras se tejía la escena anterior, fui de lo más feliz, yo le leí algunos párrafos que él escuchó con atención —o al menos eso fue lo que quise pensar—probablemente sin diferenciarlos claramente de entre todas las palabras que le han sido pronunciadas a lo largo de su vida.

 

Me levanté al terminar la lectura, nos lanzamos mutuamente una mirada cómplice que marcaba nuestra despedida. Tal vez suene fantasioso pero me daba la impresión de que él era conocedor de trucos y secretos que yo todavía ignoraba, lo tomé como una bienvenida al universo de los andantes.
IMG_84954 copia
Valparaíso, Chile.

Olinka Musgo