Rituales del café

North Fields, Costa Rica.

Rastreo en mi memoria las primeras memorias del café, la más lejana me transporta al restaurante chino al que solía ir con mi familia cuando era pequeña, aquel lugar que servía majestuosos cafés con leche. Para generar espuma en la bebida la mesera elevaba con gran habilidad la jarra de leche casi hirviendo sobre la taza del comensal sin derramar una gota, casi como un ritual que esperábamos todos los presentes en la mesa. Aunque yo disfruto del café solo, probablemente si me encontrase de nuevo en ese restaurante, pediría la versión “lechera” solo por el gusto de presenciar nuevamente el acto tan placentero.

Tengo la impresión de que el café es minimalista, seduciendo con simplicidad como su profunda negrura, especulando que si fuese una persona sería silenciosa, inteligente y cautelosa.

Cualquier interpretación se queda corta cuando hablamos de la magnitud simbólica de un ingrediente tan solicitado en la actualidad, cuando incluso se utiliza como medio para adivinar el destino de quien lo bebe, la “Cafeomancia” develando los secretos de la vida a través del café, no constata mas que el gran tributo al brebaje cimentando todo un legado cultural y gastronómico.

North Fields, Costa Rica

Es innegable que estamos en una época donde el fruto se utiliza a una escala monumental, produciendo cada minuto litros y litros de café servidos en vasos de cartón por las cadenas propagadas alrededor del mundo, tratando de replicar la cantidad exacta de producto en cada orden, ofreciendo wifi gratis, tratando de estandarizar cada vez más esa taza buscando mayores ganancias, la productividad laboral potenciada por la cafeína se ha vuelto cómplice también.

Y justamente así, siguiendo el hilo de las raíces del café, nos encontramos en Costa Rica, donde se prepara un café lento pero solemne, engendrado en una región lluviosa, molido con ayuda de una mano y filtrado en tela, es ahí donde se renuevan las ganas de devolverle al café el nicho merecido, dar las gracias por la inspiración que ha brindado a tantos genios que se deleitaron con su hipnosis para más tarde mostrarnos en sus obras el reflejo del encanto del café.

El color de Guatemala

 

 

Siempre he sentido una extraña familiaridad por Guatemala, fue uno de los primeros nombres de países que se me quedó grabado en la mente.

Después de pasar por Belice, honestamente un tanto decepcionada por la impresión de tristeza y resignación que me dejaron sus habitantes, seguimos nuestra ruta hacia Guatemala, estando ahí sentí que regresaba a México, al ver las pequeñas comunidades, la gente viajando en la parte trasera de las camionetas, atravesando terracerías como parte de su rutina, lo que me pone a pensar sobre las enormes ventajas de las que algunos gozamos y que tan rápido dejan de ser visibles al acostumbrarse a ellas, algunas que incluso jamás llegamos a distinguir, y de repente los colores brillantes desplazan mi pensamiento; la gente que vuelve a ser sonriente a pesar de las dificultades de su territorio, por que así se acostumbraron y por que no queda más remedio.

Pasamos algunos días en Antigua Guatemala, que tiene la esencia de los pueblos mágicos que tanto me gusta, que me emociona al ver la mezcla del tiempo en su arquitectura, de su historia, que sigue arrastrando los murmullos de quienes dejaron sus pasos por las calles empedradas.

Cerca de Antigua visitamos el Cementerio de Chichicastenango, que yo pretendía buscar , pero que por casualidad apareció a sólo unas cuadras del tianguis del pueblo con mismo nombre, lo más curioso es que nos suele sorprender que este cementerio sea tan colorido, cuando por supuesto no se puede esperar más cuando se lleva una vida rodeado de tantos matices.

 

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